todos somos restos, los otros son nuestros restos
miles de engendros nuestros recorriendo la misma ciudad
con el mismo paso ansioso, con la misma rabia infinita
ahogándonos con los restos de lo que no reconocemos
sudando entre esos restos, buscando algún trozo
de lo que nos falta, de lo que nos haría más que nosotros
queriendo pensar que el mundo nos trasciende porque es nuestro
durmiendo entre los restos, con los restos a un lado
queriendo elegir un tiempo, un ratito, un momento
que signifique más que todos los segundos juntos
restos de nosotros bailando con nosotros en bailes
escuchando nuestra música, absortos, en los ómnibus
congelados en nuestro pasado, en el que no conocemos
mirando hacia adelante con decisión asesina
tosiendo, corriendo, llorando, nada en los ojos
nada en los oídos, ni zumbidos ni bocinas
sólo fragmentos, los pocos que supimos retener
jueves, 3 de junio de 2010
miércoles, 2 de junio de 2010
como el polvo
No me sueño.
No me veo cuando miro un espejo.
Me prestan sus pupilas, los otros,
algunos muertos, algunos no,
y con ellas hago malabares y sigo,
seca,
como el polvo.
No me mojo cuando la lluvia me moja,
no, eso no es posible.
A veces, sólo a veces,
al beber de otros cuerpos creo una ilusión
de ser algo, no algo más.
Pero las ilusiones son sólo eso,
no algo más.
Una mente sin sangre,
una mente sin cráneo,
blanda y acuosa, adopta miradas
como otros adoptan hijos,
como otros compran lo que no necesitan,
como las mujeres solas que lloran
por los hombres que otras no quieren.
Seca, como el polvo,
creo que no veo pero siempre,
siempre evito los pozos.
No me veo cuando miro un espejo.
Me prestan sus pupilas, los otros,
algunos muertos, algunos no,
y con ellas hago malabares y sigo,
seca,
como el polvo.
No me mojo cuando la lluvia me moja,
no, eso no es posible.
A veces, sólo a veces,
al beber de otros cuerpos creo una ilusión
de ser algo, no algo más.
Pero las ilusiones son sólo eso,
no algo más.
Una mente sin sangre,
una mente sin cráneo,
blanda y acuosa, adopta miradas
como otros adoptan hijos,
como otros compran lo que no necesitan,
como las mujeres solas que lloran
por los hombres que otras no quieren.
Seca, como el polvo,
creo que no veo pero siempre,
siempre evito los pozos.
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poemas
lunes, 24 de mayo de 2010
mayos
Todos mis mayos son iguales.
Me llevan a lugares de tierra quemada,
a casas borrosas
donde no hay radio de mañana
ni madres a quienes culpar.
Todos los mayos son iguales.
El tibio cielo azul
es de humo, y es de pólvora,
y el suelo está bajo los pies,
donde debió haber estado
el día en que caí al vacío.
No estuvo,
ni estuvo nadie más.
No estuve,
miraba el cielo azul.
Y cuando vi que era sólo humo
estaba sentada en la vereda
mirándome caer.
Todos mis mayos huelen a ciudad,
a miedo a lo sembrado.
Me llevan a lugares de tierra quemada,
a casas borrosas
donde no hay radio de mañana
ni madres a quienes culpar.
Todos los mayos son iguales.
El tibio cielo azul
es de humo, y es de pólvora,
y el suelo está bajo los pies,
donde debió haber estado
el día en que caí al vacío.
No estuvo,
ni estuvo nadie más.
No estuve,
miraba el cielo azul.
Y cuando vi que era sólo humo
estaba sentada en la vereda
mirándome caer.
Todos mis mayos huelen a ciudad,
a miedo a lo sembrado.
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poemas
viernes, 14 de mayo de 2010
fotos de barro
Qué egoísta me he vuelto
pensando que el dolor
es fatídico o inexplicable.
Dagas en los ojos
las fotos que tomo espantada
ante el dolor de otros
dolor ajeno en la mirada, mío
mío de tanto doler.
Yo no caigo donde otros caen
yo no juego
con mi ausencia
entre niños y planes urbanos
frustrados, sangrando barro.
Yo no muero como otros viven.
Que egoísta me siento
con este alivio que cargo
cuando me pienso
y me engaño
y juego a ser
sólo consecuencia.
pensando que el dolor
es fatídico o inexplicable.
Dagas en los ojos
las fotos que tomo espantada
ante el dolor de otros
dolor ajeno en la mirada, mío
mío de tanto doler.
Yo no caigo donde otros caen
yo no juego
con mi ausencia
entre niños y planes urbanos
frustrados, sangrando barro.
Yo no muero como otros viven.
Que egoísta me siento
con este alivio que cargo
cuando me pienso
y me engaño
y juego a ser
sólo consecuencia.
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hay días y días,
poemas
viernes, 30 de abril de 2010
última noche de calor
I.
Las brasas ya queman su propia existencia.
Se acabó el fuego. A partir de mañana, sólo habrá frío...
A pesar de todo, estoy emocionada con la idea de la partida. Es una emoción muy pequeña, algo así como una de las brasas de la estufa, algo que por sí sólo da poco calor pero está innegablemente encendido.
II.
Marisa ya se fue a dormir, a pesar de nuestras protestas. No esperaba otra cosa, sin embargo; debe hacer unas veinte horas que está despierta, y nunca durmió la siesta que nos prometió, si bien asegura que sí, que lo hizo sentada en el sillón rojo. Yo no la ví, Mario tampoco, pero en realidad no hay porqué insistir.
III.
Mario mira la película, yo lo miro a él de reojo. El novio de Marisa, quién lo diría...
IV.
Prometieron y cumplieron, los dos. Guardaron silencio sobre mi vuelta como les pedí, aun cuando les generó alguna situación molesta con los conocidos; además se acostumbraron a mi presencia, me olvidaron sólo para descubrir nuevamente que estaba allí y que podía ayudarlos en la casa. Incluso dejaron de preocuparse si yo estaba despierta cuando hacían el amor. Fue un poco incómodo para mí, pero lo consideré un precio razonable para la estadía.
Porque eso sí, no hubo manera de pagarles nada.
V.
Las brasas mueren, yo siento la sangre acumulándose en los labios, las mejillas, los dedos de los pies.
La sensación es muy agradable. De esas que me gusta concentrarme, para luego invocarlas, sin importar cuán lejos esté ni cuánto frío haga.
VI.
Si lo conociera más, le pediría que me abrace, que me deje apoyar la cabeza en su hombro, que duerma conmigo...
En este instante necesito calor ajeno, alguien que me acompañe un rato, hasta la puerta del sueño. Marisa ya se fue a dormir y además, después de la última vez que estuve aquí, sería incómodo.
Me pregunto si Mario sabrá algo.
VII.
¿Me vería igual?
No lo sé, no tengo la más ligera idea. No sé que tal es Mario en algunos aspectos. En realidad lo conozco en muy pocos.
Hubo una noche, noche con brasas y frío futuro y Mario lejano, en que Marisa y yo necesitábamos, las dos, ese calor ajeno. No sé si ella esperaba lo que pasó, yo sí, desde el momento en que decidimos dormir juntas sabía que ambas necesitábamos también los mismos besos en los mismos rincones.
Fue una noche larga, antes de salir al frío.
VIII.
Esta vez, sólo pude imaginarlos a ellos.
Me quedaba quieta, para no delatar mi presencia; no porque no la conocieran, claro está, sino por que sé que, por momentos, esas presencias se olvidan.
Eran tan sutiles, tan guardianes de sí mismos, que sólo aumentaban mi deseo de estar allí.
No con Marisa, ni con Mario, con los dos, con su esplendorosa intimidad.
IX.
Mario me mira. Cree que duermo.
Probablemente esté tratando de resolverme, como a un crucigrama.
X.
Yo lo miré dormir una vez.
También a Marisa.
XI.
Hace mucho que las brasas murieron. Bajo el acolchado he logrado conservar mi placer.
Sangre en las mejillas, en los labios, en los dedos de los pies.
Hasta las lágrimas son placenteras, son cálidas.
XII.
Mañana no estaré aquí. Es la última vez que duermo en esta cama.
Esta vez es para siempre, como todas las demás.
Todo es demasiado perfecto, los vasos con las marcas del vino, el sillón con las marcas de los cuerpos, el olvido antes del viaje, amnesia selectiva de mi falta, para mí y la habitación. El último toque de lo cotidiano, tan seductor como siempre, el muy maldito.
XIII.
Ni luz, ni fuego.
Sólo calor, como si fuera un feto.
Ya habrá tiempo de nacer, me digo y río sola.
Las brasas ya queman su propia existencia.
Se acabó el fuego. A partir de mañana, sólo habrá frío...
A pesar de todo, estoy emocionada con la idea de la partida. Es una emoción muy pequeña, algo así como una de las brasas de la estufa, algo que por sí sólo da poco calor pero está innegablemente encendido.
II.
Marisa ya se fue a dormir, a pesar de nuestras protestas. No esperaba otra cosa, sin embargo; debe hacer unas veinte horas que está despierta, y nunca durmió la siesta que nos prometió, si bien asegura que sí, que lo hizo sentada en el sillón rojo. Yo no la ví, Mario tampoco, pero en realidad no hay porqué insistir.
III.
Mario mira la película, yo lo miro a él de reojo. El novio de Marisa, quién lo diría...
IV.
Prometieron y cumplieron, los dos. Guardaron silencio sobre mi vuelta como les pedí, aun cuando les generó alguna situación molesta con los conocidos; además se acostumbraron a mi presencia, me olvidaron sólo para descubrir nuevamente que estaba allí y que podía ayudarlos en la casa. Incluso dejaron de preocuparse si yo estaba despierta cuando hacían el amor. Fue un poco incómodo para mí, pero lo consideré un precio razonable para la estadía.
Porque eso sí, no hubo manera de pagarles nada.
V.
Las brasas mueren, yo siento la sangre acumulándose en los labios, las mejillas, los dedos de los pies.
La sensación es muy agradable. De esas que me gusta concentrarme, para luego invocarlas, sin importar cuán lejos esté ni cuánto frío haga.
VI.
Si lo conociera más, le pediría que me abrace, que me deje apoyar la cabeza en su hombro, que duerma conmigo...
En este instante necesito calor ajeno, alguien que me acompañe un rato, hasta la puerta del sueño. Marisa ya se fue a dormir y además, después de la última vez que estuve aquí, sería incómodo.
Me pregunto si Mario sabrá algo.
VII.
¿Me vería igual?
No lo sé, no tengo la más ligera idea. No sé que tal es Mario en algunos aspectos. En realidad lo conozco en muy pocos.
Hubo una noche, noche con brasas y frío futuro y Mario lejano, en que Marisa y yo necesitábamos, las dos, ese calor ajeno. No sé si ella esperaba lo que pasó, yo sí, desde el momento en que decidimos dormir juntas sabía que ambas necesitábamos también los mismos besos en los mismos rincones.
Fue una noche larga, antes de salir al frío.
VIII.
Esta vez, sólo pude imaginarlos a ellos.
Me quedaba quieta, para no delatar mi presencia; no porque no la conocieran, claro está, sino por que sé que, por momentos, esas presencias se olvidan.
Eran tan sutiles, tan guardianes de sí mismos, que sólo aumentaban mi deseo de estar allí.
No con Marisa, ni con Mario, con los dos, con su esplendorosa intimidad.
IX.
Mario me mira. Cree que duermo.
Probablemente esté tratando de resolverme, como a un crucigrama.
X.
Yo lo miré dormir una vez.
También a Marisa.
XI.
Hace mucho que las brasas murieron. Bajo el acolchado he logrado conservar mi placer.
Sangre en las mejillas, en los labios, en los dedos de los pies.
Hasta las lágrimas son placenteras, son cálidas.
XII.
Mañana no estaré aquí. Es la última vez que duermo en esta cama.
Esta vez es para siempre, como todas las demás.
Todo es demasiado perfecto, los vasos con las marcas del vino, el sillón con las marcas de los cuerpos, el olvido antes del viaje, amnesia selectiva de mi falta, para mí y la habitación. El último toque de lo cotidiano, tan seductor como siempre, el muy maldito.
XIII.
Ni luz, ni fuego.
Sólo calor, como si fuera un feto.
Ya habrá tiempo de nacer, me digo y río sola.
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relatos
miércoles, 28 de abril de 2010
la crítica
Aplausos, aplausos...
Extática y sonriente, Andrea baja del escenario por el costado derecho. Una noche más que ha acabado, y aunque no sea la protagonista (ahora viene el grupo principal), lo fue por unas canciones.
Ahora piensa en el festejo, como todas las noches, festejar que la vida es buena y le sonríe, no ha dejado de sonreírle este año, y no parece que esté aburrida de ella.
Al otro día las cosas ya no son tan claras, por supuesto, pero con la resaca las cosas siempre se complican, sobre todo si ella y Mario terminaron otra vez juntos en la cama (y es todo lo que puede asegurar, de lo demás no se acuerda), y eso es tan complicado... Pero seguramente ya haya tiempo mejor que un domingo de mañana para resolverlo, y mientras espera que hierva el agua del café y se agarra la cabeza dolorida, Andrea sonríe una vez más pensando en el concierto.
Una noche más, la última. La última vez que tocará por este año. Andrea va un poco asustada, porque antes de salir no tuvo mejor ocurrencia que leer una crítica, no destructora pero sí bastante antipática, de su participación en el show. Piensa que seguramente no sea nada, que al fin y al cabo hay gente que vive de eso, como Mario, que aunque no haya hecho esa en particular, también vive de decir que no todo está tan bueno como parece, y hace dudar al que la noche anterior bailó como loco. No hay caso, sin embargo, las palabras del crítico todavía resuenan en su cabeza, que fue fácil, que fue superficial, que cantó lo que querían escuchar. Andrea no es música “profesional” en el sentido más amargo de la palabra, canta porque todos cantaban en su familia, hasta se podía jurar que el gato no maullaba sin una cierta armonía, ¡pues claro que canta lo que quieren escuchar! ¿Cuál sería el sentido de pararse ante un montón de gente sin querer ver aunque sea una sonrisa?
Van en el auto de Pablo, el guitarrista, que la ve mal y se da cuenta de que es por la crítica. Olvidate de esas bobadas, Andrea, ese tipo nunca estuvo arriba de un escenario, no sabe lo que se siente. Pero es que no entiendo qué es lo critica, nunca dijo que no era disfrutable lo que yo hago, quizá no sea genial pero... Pero nada, Andrea, vos no le debés genialidad a nadie, además ya sabés como terminan los genios, juntando moneditas para las discográficas y... Pablo suelta su discurso pro piratería en un segundo, Andrea ya se lo sabe pero agradece el detalle de que la sitúe como una especie de rebelde, una luchadora aunque no lo sea, aunque nunca se haya planteado romper con ningún molde.
Una noche más que se va, una hermosa noche. Se han quedado todo el espectáculo esta vez, como la primera, un pacto tácito con la banda principal. Están en la casa de alguien, no saben bien quién, todos borrachines y contentos. La noche está hermosa, muy cálida para ser abril, casi veraniega. Hay un viento que amenaza pero nadie le cree.
Andrea está relajada después de tanto trajín, para ella es una noche demasiado especial. Tirada en un sillón con los pies para arriba, no habla pero se ríe sin parar, y arroja maníes a Pablo cada vez que dice algo para pelear.
Al otro día despierta sola, y el descubrimiento la llena de una inesperada satisfacción. Un poco extrañada de ella misma, pero no incómoda, pone agua a hervir para el obligatorio café. El viento cumplió su amenaza y hoy el cielo se ve de un gris compacto, impenetrable; la tormenta está ahí por reventar, o ya reventó y se aleja, quién sabe.
El diario está allí, el vecino lo dejó en la puerta. Andrea sabe que seguramente haya una crítica del show de anoche, porque este diario aún no la había hecho, pero tiene miedo de abrir la sección de cultura y encontrarse con alguna sorpresa desagradable. Trata de ignorar el diario, pero de repente se ha apoderado de su mente, como un imán tremendamente potente, que tira de sus pensamientos. La lucha entre él y ella se va poniendo cada vez más angustiante, hasta que suena el timbre y Andrea se declara vencedora.
Es Mario. Le resulta raro verlo de día, es decir, ya despierto y en pie.
Venía a felicitarte, le dice él, hay algo raro en su sonrisa pero es demasiado vago. Gracias, te lo perdiste, ayer estuvo mejor que nunca, que lástima que esas cosas no se sepan de antemano.
Bueno, sí, era la última noche, yo estuve en realidad.
¿Ah, sí?
Andrea no entiende porqué no fue a saludarla, y otra vez se siente algo rara con él. No son pareja, ni siquiera demasiado amigos, pero Mario ejerce una influencia subterránea en su cuerpo, no siempre como un deseo, más bien como una norma, un algo que le dice qué hacer y cómo hacerlo. Siempre que está con él su postura cambia, se lo han dicho todos sus amigos, especialmente Pablo que no lo quiere demasiado, y ella lo sabe y aún así no lo domina.
Pues hoy Mario está raro y viene a decirle esto, te ví pero no quise que me vieras. Como acechando, como vigilando. En un instante minúsculo, pasa de la sorpresa a la rabia y de la rabia a algo más. Y ese algo más le recuerda que está despierta, como si se hubiera olvidado de que ya se había levantado de la cama. Mira el cielo una vez más cuando pasan por la ventana del entrepiso, está gris, no cambiará por unos días.
Lo invita a pasar. Le cuenta lo que pasó en la fiesta, le sirve café, se ríe de sus chistes, y al pasar tira el diario a la basura, ya sabe lo que dice la crítica y por una vez, no le importa.
Extática y sonriente, Andrea baja del escenario por el costado derecho. Una noche más que ha acabado, y aunque no sea la protagonista (ahora viene el grupo principal), lo fue por unas canciones.
Ahora piensa en el festejo, como todas las noches, festejar que la vida es buena y le sonríe, no ha dejado de sonreírle este año, y no parece que esté aburrida de ella.
Al otro día las cosas ya no son tan claras, por supuesto, pero con la resaca las cosas siempre se complican, sobre todo si ella y Mario terminaron otra vez juntos en la cama (y es todo lo que puede asegurar, de lo demás no se acuerda), y eso es tan complicado... Pero seguramente ya haya tiempo mejor que un domingo de mañana para resolverlo, y mientras espera que hierva el agua del café y se agarra la cabeza dolorida, Andrea sonríe una vez más pensando en el concierto.
Una noche más, la última. La última vez que tocará por este año. Andrea va un poco asustada, porque antes de salir no tuvo mejor ocurrencia que leer una crítica, no destructora pero sí bastante antipática, de su participación en el show. Piensa que seguramente no sea nada, que al fin y al cabo hay gente que vive de eso, como Mario, que aunque no haya hecho esa en particular, también vive de decir que no todo está tan bueno como parece, y hace dudar al que la noche anterior bailó como loco. No hay caso, sin embargo, las palabras del crítico todavía resuenan en su cabeza, que fue fácil, que fue superficial, que cantó lo que querían escuchar. Andrea no es música “profesional” en el sentido más amargo de la palabra, canta porque todos cantaban en su familia, hasta se podía jurar que el gato no maullaba sin una cierta armonía, ¡pues claro que canta lo que quieren escuchar! ¿Cuál sería el sentido de pararse ante un montón de gente sin querer ver aunque sea una sonrisa?
Van en el auto de Pablo, el guitarrista, que la ve mal y se da cuenta de que es por la crítica. Olvidate de esas bobadas, Andrea, ese tipo nunca estuvo arriba de un escenario, no sabe lo que se siente. Pero es que no entiendo qué es lo critica, nunca dijo que no era disfrutable lo que yo hago, quizá no sea genial pero... Pero nada, Andrea, vos no le debés genialidad a nadie, además ya sabés como terminan los genios, juntando moneditas para las discográficas y... Pablo suelta su discurso pro piratería en un segundo, Andrea ya se lo sabe pero agradece el detalle de que la sitúe como una especie de rebelde, una luchadora aunque no lo sea, aunque nunca se haya planteado romper con ningún molde.
Una noche más que se va, una hermosa noche. Se han quedado todo el espectáculo esta vez, como la primera, un pacto tácito con la banda principal. Están en la casa de alguien, no saben bien quién, todos borrachines y contentos. La noche está hermosa, muy cálida para ser abril, casi veraniega. Hay un viento que amenaza pero nadie le cree.
Andrea está relajada después de tanto trajín, para ella es una noche demasiado especial. Tirada en un sillón con los pies para arriba, no habla pero se ríe sin parar, y arroja maníes a Pablo cada vez que dice algo para pelear.
Al otro día despierta sola, y el descubrimiento la llena de una inesperada satisfacción. Un poco extrañada de ella misma, pero no incómoda, pone agua a hervir para el obligatorio café. El viento cumplió su amenaza y hoy el cielo se ve de un gris compacto, impenetrable; la tormenta está ahí por reventar, o ya reventó y se aleja, quién sabe.
El diario está allí, el vecino lo dejó en la puerta. Andrea sabe que seguramente haya una crítica del show de anoche, porque este diario aún no la había hecho, pero tiene miedo de abrir la sección de cultura y encontrarse con alguna sorpresa desagradable. Trata de ignorar el diario, pero de repente se ha apoderado de su mente, como un imán tremendamente potente, que tira de sus pensamientos. La lucha entre él y ella se va poniendo cada vez más angustiante, hasta que suena el timbre y Andrea se declara vencedora.
Es Mario. Le resulta raro verlo de día, es decir, ya despierto y en pie.
Venía a felicitarte, le dice él, hay algo raro en su sonrisa pero es demasiado vago. Gracias, te lo perdiste, ayer estuvo mejor que nunca, que lástima que esas cosas no se sepan de antemano.
Bueno, sí, era la última noche, yo estuve en realidad.
¿Ah, sí?
Andrea no entiende porqué no fue a saludarla, y otra vez se siente algo rara con él. No son pareja, ni siquiera demasiado amigos, pero Mario ejerce una influencia subterránea en su cuerpo, no siempre como un deseo, más bien como una norma, un algo que le dice qué hacer y cómo hacerlo. Siempre que está con él su postura cambia, se lo han dicho todos sus amigos, especialmente Pablo que no lo quiere demasiado, y ella lo sabe y aún así no lo domina.
Pues hoy Mario está raro y viene a decirle esto, te ví pero no quise que me vieras. Como acechando, como vigilando. En un instante minúsculo, pasa de la sorpresa a la rabia y de la rabia a algo más. Y ese algo más le recuerda que está despierta, como si se hubiera olvidado de que ya se había levantado de la cama. Mira el cielo una vez más cuando pasan por la ventana del entrepiso, está gris, no cambiará por unos días.
Lo invita a pasar. Le cuenta lo que pasó en la fiesta, le sirve café, se ríe de sus chistes, y al pasar tira el diario a la basura, ya sabe lo que dice la crítica y por una vez, no le importa.
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miércoles, 21 de abril de 2010
domingo, 18 de abril de 2010
la luna
seis camas de hospital
apretadas y desechas
cinco personas duermen
y una está contra la ventana
mira hacia adentro
a través del reflejo en el vidrio
pensando en que la luna lo aburrió hace rato
como los poemas de la novia
que sólo hablan de ella
como los ojos de la enfermera
del turno de la noche
que siempre la están buscando
qué tendrá la luna
además de estar lejos...
se concentra, mirando hacia adentro
a través del reflejo en el vidrio
y la luna se cuela en su cuadro
y trae a los árboles consigo
la luz se apaga
la habitación desaparece
el hombre, asustado, se va
se acuesta en la sexta cama
cuando sueña, grita.
apretadas y desechas
cinco personas duermen
y una está contra la ventana
mira hacia adentro
a través del reflejo en el vidrio
pensando en que la luna lo aburrió hace rato
como los poemas de la novia
que sólo hablan de ella
como los ojos de la enfermera
del turno de la noche
que siempre la están buscando
qué tendrá la luna
además de estar lejos...
se concentra, mirando hacia adentro
a través del reflejo en el vidrio
y la luna se cuela en su cuadro
y trae a los árboles consigo
la luz se apaga
la habitación desaparece
el hombre, asustado, se va
se acuesta en la sexta cama
cuando sueña, grita.
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poemas
domingo, 11 de abril de 2010
ni un minuto
no te voy a odiar
ni un minuto, ni trece horas
no habrá tiempo muerto
ni duelo con lloronas de alquiler
sólo, quizá, un par de flores
eso sí, las más hermosas
sobre un cajón, no muy lujoso
pero hecho con cuidado
por manos expertas, viejas de oficio
nada más
no te velaré eternamente
hay cosas que no merecen
un recuerdo de panteón.
ni un minuto, ni trece horas
no habrá tiempo muerto
ni duelo con lloronas de alquiler
sólo, quizá, un par de flores
eso sí, las más hermosas
sobre un cajón, no muy lujoso
pero hecho con cuidado
por manos expertas, viejas de oficio
nada más
no te velaré eternamente
hay cosas que no merecen
un recuerdo de panteón.
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viernes, 26 de marzo de 2010
la espera
estoy esperando que me llames
con un cigarro en la boca
las cenizas se cuelgan en mi ropa
no hago nada más
puedo estar aquí toda la noche
sin moverme apenas
te cuento lo que hago con detalle
casi te siento
golpeando la puerta, abriendo
arrepentido por nunca haber venido
y yo ya estaré muriendo
(deshago esa voluta de humo)
y yo ya estaré lista
esperando una vez más.
con un cigarro en la boca
las cenizas se cuelgan en mi ropa
no hago nada más
puedo estar aquí toda la noche
sin moverme apenas
te cuento lo que hago con detalle
casi te siento
golpeando la puerta, abriendo
arrepentido por nunca haber venido
y yo ya estaré muriendo
(deshago esa voluta de humo)
y yo ya estaré lista
esperando una vez más.
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