sábado, 29 de marzo de 2008

por montevideo (I)

Hay días en que me gustaría tener una cámara de fotos arriba, o ser lo bastante rápida para sacar el mp4 y grabar algunas cosas. Cosas lindas, cosas horribles, cosas que hay en Montevideo.

Yo no odio esta ciudad. Al contrario, me gusta, me gusta su perfil bajo y un poco triste. A veces me enloquece la gente, pero supongo que me pasaría igual en todos lados.

La Ciudad Vieja es un laberinto esperpéntico, pero tiene su encanto. Hace cuatro años que trabajo ahí, y no la considero ningún destino turístico: es una foto de la situación del país y la ciudad, las cuatro por cuatro pasando a centímetros de niños duros por la droga, tanto de día como de noche. Como dos dimensiones conviviendo en una, indiferentes la una a la otra.

Es gracioso ver como llevan a los turistas por la peatonal Sarandí, cosa que vean sólo lo lindo; que se pierdan las pensiones de mala muerte, los edificios cayéndose a pedazos, la calle Colón y los comercios cerrados... cada vez más ruina, cada vez menos histórica, porque no hay memoria que aguante...

Aún así, me gusta trabajar ahí, ver cosas a veces dolorosas, pero que están presentes, aunque pasen por invisibles.

Vivo en el Prado, no en la parte paqueta, sino en la de casas comunes y corrientes; pero tengo la suerte de vivir a pocas cuadras de los árboles, de las calles tranquilas, de la ilusión de soledad que a veces es tan necesaria. Vivo en un barrio que es bello, un poco decadente, pero bello, sobre todo en otoño, cuando está el cielo gris y hay viento barriendo las hojas y los árboles a lo lejos parecen bosques... Yo andaba mucho en bicicleta cuando era chica, mucho, y me imaginaba todo tipo de cosas, y las calles de casas viejas me ayudaban un montón.

Hay una calle que desapareció. Entré una vez a una calle que parecía salida de un cuento. Estaba oscuro, se venía una tormenta, pero yo andaba igual porque necesitaba descargar mi cabeza. Tenía doce años, estaba a mitad de mi primer año de liceo y tenía mi primera menstruación. Pensando en otras cosas, entré en esa calle, los árboles se arqueaban sobre mí, las puertas viejas, con rejas oscuras, parecían abandonadas por la gente y pobladas de fantasmas. Me solté, mi imaginación corrió libre por ahí, y salí cambiada, calmada, feliz de sólo sentir mis piernas pedaleando.
Nunca más vi esa calle; sé que es una de las tantas que conozco de siempre, pero esa calle desapareció.

5 comentarios:

fede_buho77 dijo...

Aca soy de nuevo el primigenio!!!!

cada vez que leo descubro la afinidad de composicion y la sensibilidad por las cosas que nos tributamos, eso es bueno; muy bueno, nos va a salir bien el ruido!!!

Por otra parte me pasa algo ,yo tampoco odio en si la ciudad, que tiene ese gris tan necesario para mi, odio la gente que la camina/contamina...eso es realmente lo malo de esta ciudad, el ser uruguayos campeones es lo enfermizo, y parece que a los uruguayos nos gusta eso, suerte que estoy tramitando la ciudadania para este blog...

fede_buho77 dijo...

ah, y ademas somos casi vecinos...falta la sala..instrumentos algo tenemos...je

lara dijo...

La ciudad es bellamente triste, pero la gente, cada vez más zombi, cada vez más en otro mundo, soñando con irse a españa, pero a la vez odiando a los argentinos, quejandose de que no hay plata mientras hablan por el celular de 10 palos...

Pero la ciudad... hablar de La Teja, de Capurro, de Punta Espinillo, del Parque Lecoq... faltan, faltan lugares que contar, todo mi amado oeste, y el este que estoy empezando a conocer...

Y el centro, oscuro hasta en el día más soleado...

Y si tenemos instrumentos, ya está!

fede_buho77 dijo...

ok, ya estoy armando la misa con andal13 que dijo que se suma al ambar o al rubi, esto funciona eh...

lara dijo...

Dale, ya estoy ahí, je, el rubi me gusta más todavía....