Son las cuatro y diez. El ómnibus sale en dos horas.
Sentados en la terminal, rodeados de otros turistas, esperamos callados a que el viaje nos quite el mal humor y las ganas de pelear. Yo no tengo demasiadas esperanzas; sólo quiero apoyar mi cabeza en el respaldo del asiento y dormir las casi cuatro horas que nos separan de Punta del Diablo.
No sé qué esperarás vos, pero ahora no quiero saberlo.
Una bandada de adolescentes se posa en los asientos contiguos a los nuestros. Me molestan porque los envidio; nunca viajé con amigos, porque no tengo muchos amigos.
Vos lo sabés. Te lo he contado. Ahora me arrepiento; me siento desnuda en mi fracaso.
Nosotros dos, serios, leyendo cada uno su libro, con el cargamento justo para que no falte ni sobre nada...Y al lado unos mocosos riéndose de todo y de todos, orgullosos y optimistas...
No quiero estar en ninguno de los dos lados.
Veo que me mirás. Me hago la distraída, hasta que me doy cuenta de que estoy llorando. Es decir, dos lágrimas ruedan por mis mejillas; mi quietud las ocultó de mí.
Me preguntás que me pasa, me pedís que no llore. Yo te miro y no entiendo. No siento que estemos en la misma dimensión, te miro desde muy lejos.
Escucho que uno de los gurises se burla de nosotros. Sentirme observada me devuelve a la realidad. Me seco las lágrimas, miro el reloj, ya pasó una hora. Parece que realmente me fui de mi cuerpo por un momento. Te acaricio una mejilla y la noto fría. Mis dedos parecen dormidos, porque apenas te siento.
Tu mano alcanza mi pelo. Conozco lo que viene: la presión de tus dedos en mi nuca, atrayéndome hacia tí, hacia tu mirada protectora de quien cree conocer la vida, seguro de que te pediré perdón y de que serás perdonado. De repente esa presión se vuelve violenta, desagradable.
Me das miedo. Yo me doy miedo.
Te digo que voy al baño. Es verdad, necesito un espejo. Quiero mirarme a los ojos y asegurarme que el viaje nos va hacer bien. Que nos vamos a aislar del mundo y eso de alguna manera nos va a curar. Quiero convencerme; pero creo que eso ya no puede pasar.
Hace un año exactamente estábamos sentados en el mismo sector de la terminal. Creo que esperando el mismo ómnibus. También íbamos a Punta del Diablo.
Llevábamos el doble de peso y nos costaba la mitad de fuerza, porque era un detalle sin importancia.
Ahora apenas recuerdo qué pasó entre aquel día y hoy. Estoy aburrida de razonarlo y de entenderlo y de llorarlo.
Sí recuerdo que unos adolescentes, que de casualidad no eran estos, estaban sentados al lado nuestro. Los mirábamos y sentíamos hasta lástima por sus comentarios triviales y sus planes tan comunes. Orgullosos y optimistas, disfrutábamos de lo que creímos que sería nuestra última hora de realidad.
Ella nos alcanzó, de todas maneras, en otras rutas.
Voy al baño, te digo, mientras me zafo de tu mano e intento imaginar cómo te explico, cómo entenderías, que no voy a ir este año a Punta del Diablo.