viernes, 9 de julio de 2010

las lluvias

El tablero de ajedrez está abandonado y polvoriento. Las piezas conservan las posiciones que las jugadoras les dieron por última vez. La dama le da jaque al rey en una agonía ya muy larga.

Días antes apenas, Marcos se durmió en mi falda, inquieto, como frustrado por no poder presenciar el final.
También me había llegado el sueño, pero me esforcé por quedarme despierta. Nunca hubiera dejado a las niñas solas en medio de una guerra, aunque fuera entre piezas de ajedrez.

A Clara le enseñé a jugar apenas llegó, el primer día. La encontré, mojada y dura de frío, tratando de dormir en el umbral de mi puerta. Ese día se había cumplido el primer mes de lluvias. Pensó, como muchos otros, que la casa estaba abandonada, y quiso irse cuando abrí la puerta. Creo que fueron el sueño y el hambre los que la convencieron de entrar, más que mis palabras. Sueño, hambre, resignación.
En el rincón entre el living y la cocina, donde se abre la escalera, estaba el juego de ajedrez. Lo había encontrado ese mismo día, lo rescaté del sótano, donde se eternizaba como tantas otras cosas, y acababa de terminar con su limpieza. Faltaba un peón, pero tenía en mi poder un trocito de madera que podía sustituirlo.
Clara lo miró con curiosidad, pero no dijo nada hasta mucho después. Luego de que se hubiera bañado y comido, yo intentaba sacarle información sobre su casa, sin obtener una respuesta directa, cuando sus ojazos oscuros se dirigieron a él.
“Enseñame a jugar” me dijo, mirándome con picardía. “Después te cuento todo eso. Pero es largo.”
Yo suspiré, fuimos hacia la mesa. Se sentó en el lugar de las negras, que luego serían sus preferidas.

Micaela ya sabía jugar cuando llegó, pero tardamos en descubrirlo.
Hacía ya dos años de las lluvias. Clara y yo estábamos frente a la estufa, riéndonos con sus cuentos sobre la maestra, cuando golpearon la puerta.
Era la vecina, y a su lado venía una niña envuelta en muchos abrigos.
“...no puedo... pobrecita... mis hijos... y Rodolfo... los sobrinos... viste... pobre ángel... la mamá... y no podemos...”
Luego de diez minutos de charla apresurada, entendí que la niña había quedado, mágicamente, bajo mi cargo. No sabía qué hacer, por lo pronto sólo podía hacerlas pasar.
Al darme vuelta, vi una mirada extraña en Clara. Le indiqué a la vecina que llevara a la niña a la cocina y le guiñé un ojo. Ella se mordía el labio inferior, pensativa.
Más tarde le pregunté qué pensaba ella del asunto. A pesar de llevar dos años conmigo, todavía se sorprendía cuando le pedía su opinión.
Me miró en silencio unos segundos. Luego miró hacia la cocina.
“Si vos podés, que se quede.”
Micaela no sabía, no sabe de eso, y Clara nunca se lo dirá. Su orgullo nunca se lo permitiría. Y Micaela, también por orgullo, no necesita saberlo.

Ella llegó triste, triste se quedó. No se resistió, pero no hizo ningún esfuerzo por caernos bien. Y no podíamos reprocharle gran cosa. Micaela había perdido todo en un derrumbe, uno de esos edificios viejos del centro que se empezaron a venir abajo luego de un año de lluvias.
Todo significaba padre, madre, hermanos menores. La casa, la escuela, los amigos. Perder todo para Micaela incluyó un lugar fijo donde dormir, un cuarto del qué apropiarse, saber al día siguiente donde estaría. Porque comenzó a viajar entre parientes, amigos, de una mano a otra, de una casa habitada por dos ancianos a una con diez niños más, y así sucesivamente, hasta llegar a la casa de una mujer desconocida, que era yo y no sabía qué hacer.
Micaela se encerró en sí misma, y nada podíamos reprocharle.

Clara se dio cuenta de que la llegada de una nueva persona a la casa implicaba una serie de pactos territoriales. Aún cuando Micaela no ocupaba mucho espacio, ya que apenas se movía en la casa, las cosas cambiaron inevitablemente. El baño, la cocina, los espejos, las puertas que se cierran o se dejan abiertas...
Ella vivía el mejor momento de su vida, en el único hogar al que deseaba volver siempre. Y Micaela parecía encontrarse en un infierno. Eso dificultaba las charlas entre ellas, y desconfiaban una de la otra.
Pero ambas niñas intentaban conservar una postura digna de un caballero medieval de cuento, mientras afuera la riada traía cada vez más gatos muertos al patio. Parecían expertas diplomáticas, evitaban tener conflictos muy fuertes. Cada movimiento de Clara hacia Micaela era respondido con una elegante evasiva por parte de ella, que nunca hubiera podido decir porqué la evitaba.

Clara estaba desconcertada, pero al mismo tiempo entusiasmada. El rechazo de Micaela no le hacía daño.
Quiso enseñarle a jugar al ajedrez. Preparó la mesa y llamó a su nueva compañera, esperándola sentada del lado de las negras.
Pero Micaela no quiso jugar. Se excusó diciendo que era muy mala para esas cosas.
Clara se sintió defraudada, pero aguantó el golpe llamándome a mí.
Era ya mejor jugadora que su maestra. Nunca me caractericé por jugar bien al ajedrez, ni a nada parecido. Jugaba con mi padre cuando lo cuidaba durante su internación. Cuando murió, lo olvidé hasta el día en que Clara llegó.
La partida se puso intensa. Clara me sorprendía siempre con sus estrategias. Pero ese día estaba decidida a darle pelea, fuera como fuera mi inteligencia.
Concentradas como estábamos, nunca vimos a Micaela sentada en la escalera, hasta que dijo, con esa voz casi desconocida aún:
“Caballo blanco a A5, y le hacés jaque.”
Ambas malinterpretamos la cara de desilusión de Clara en ese instante. Micaela le explicó que le gustaban más las blancas. Ella le dijo que no había problema. Una vez más, con un movimiento impecable, le dijo entre risas que yo era demasiado mala y necesitaba la ayuda con más urgencia.

A partir de ese momento, la primera partida se anunció tácitamente.
Clara esperaba. Sabía que Micaela caería tarde o temprano en la tentación. El ajedrez estaba siempre impecablemente dispuesto, siempre el almohadón azul del lado de las negras.
Micaela planeaba, también, el momento. Clara era una rival muy difícil. Y podía soportar todas las indignidades que le tuviera preparada la vida, pero jamás se permitiría perder la primera partida de ajedrez.

Marcos llegó seis meses después que Micaela.
A esa altura, yo ya estaba resignada a que ella no sería la última. Los vecinos me habían insinuado la posibilidad de traerme más niños en algún otro momento. Y tal como estaban las cosas, con las lluvias que seguían, no iba a negarme.
Era un niño hermoso, rozagante, tan risueño como llorón. Tenía cinco años y las tres lo quisimos inmediatamente. Comencé a pasar muchas horas fuera de casa, trabajando, y me asustó un poco la relación, siempre tensa, entre las dos niñas, pero aparentemente las cosas fluían cuando aparecía Marcos.
Clara intentaba enseñarle a jugar, Micaela se sentaba en el escalón donde más tarde se sentaría él a observarlas. Él reía, aunque a veces lloraba porque no entendía que le comieran una pieza. Sobre todo cuando entendió el concepto detrás de “comer”.
Las lluvias seguían.

Un día, con Marcos de la mano, entré a la casa y vi lo inesperado. Micaela acababa de mover el primer peón.
Marcos entendió enseguida la gravedad del asunto. Dejó de protestar por la vacuna que acababan de darle y corrió a sentarse a la escalera. Yo me sentía estúpidamente emocionada y corrí a la cocina a preparar una cena acorde al momento.

No fue una noche. Fueron muchas noches de ajedrez. Micaela presentaba batalla a cada oportunidad, batallas casi tan calladas como ella, suaves batallas. Clara, por su parte, la obligaba a declararse, a mostrar sus estrategias. Con sus movimientos exigía respuestas. Micaela no siempre estaba dispuesta a dárselas.
Fueron muchas noches, de cenas prácticas, de Marcos y yo como espectadores.
A veces se me ocurría pensar si realmente estarían jugando bien, o qué diría un jugador experto si las viera. Pero me sentía absurda enseguida. Las niñas eran brillantes. Y la partida había empezado años atrás, desde el día en que Clara llegó y vio el tablero.

Los días transcurrían en una calma que no me cerraba del todo. Una calma en medio de la tormenta, de las lluvias... no parecía posible.
Sólo las noches nos daban una idea de lo que estaba pasando.
Micaela se había vuelto más abierta, dejó de vagabundear sola, me ayudaba torpemente con las tareas de la casa. Clara, en cambio, se veía más concentrada en sí misma. No había perdido su chispa (ni lo hará nunca) pero no me era tan fácil saber dónde estaba su pensamiento como antes.
Traté de pensar que no era sorprendente, que estaban creciendo. Y era así, pero también era otra cosa. A veces uno piensa que atribuir esos cambios al crecer los vuelve inocentes. Uno cree que tiene que ser inocente, pero no es necesario.
Al fin y al cabo Clara había empezado a llorar por las noches, a escribir un diario, a confesar, ocasionalmente, pequeños hechos de su vida. Y su vida no era inocente.
Micaela estaba ganando. Ella se hacía fuerte, mientras que Clara empezaba a dudar. Y en las partidas de ajedrez, se la veía decidida, casi cruel, a mostrarle a Clara que las cosas no eran tan fáciles. Clara, a veces, apenas podía defenderse. Se confundía, se mezclaba… se rendía.

Caballo negro a B6. Alfil blanco a C5. Dama negra a C7.
Y silencio, salvo por el agua que caía.

Cuando Micaela movió la dama blanca a G6 y le dio el jaque al rey de Clara, estaba amaneciendo. Nunca había permitido algo así, pero esa noche las niñas no me escucharon, ni cuando las regañé ni cuando les prometí faltas escolares. Sus mentes estaban fuera de mi realidad, trenzadas en un asunto muy superior a todos nosotros.
Ese jaque resultó especialmente doloroso. Clara se había recuperado esa noche, y había salido de otros jaques como por arte de magia. Pero este era definitivo.
La miré con tristeza, pero en sus ojos había más orgullo que derrota. Estaba dispuesta a morir, pero siempre dando pelea, de pie hasta el final.
Micaela, por el contrario, parecía triste. Siempre atacó sin miedo, pero tenía miedo de matar.
La mano pequeñita, delicada, temblaba cuando dejó a la reina en su lugar de verdugo.
Y Clara brillaba. De un modo que hacía tiempo no veía.
De un modo…
“¿Eso es el sol?”
La voz de Marcos apenas se escuchó en medio del pesado silencio, pero cuando nos llegó su mensaje, sólo pudimos recibirlo.

9 comentarios:

Lara Ferreira dijo...

Nota para ajedrecistas: los movimientos no tienen sentido, hace una vida que no juego al ajedrez :D
Se aceptan sugerencias!

andal13 dijo...

Ni siquiera sospecho el ajedrez, pero igualmente disfruté (¿o sufrí?) enormemente este relato.
Tengo que ponerme al día con tus textos anteriores; me encanta que estés escribiendo con tanta intensidad.

El poeta invisible dijo...

Lara: No te hacía escribiendo narrativa, muy buena che. Mis más verdes envidias.

Lara Ferreira dijo...

Andrea: Hay tiempo, hay tiempo.. (yo me tengo que poner al día con los blogs también, estoy vaga que da miedo!)

Juanma: Pues sí, de hecho es lo que me gusta más! Este cuento lo leí el domingo aquel del Living (pensaba leerlo en la tertulia pero me olvidé de llevarlo :P)

Gracias, gurises!

GonSaa dijo...

pah, quiero ya más relatos de ese mundo bajo lluvia, quiero que esto sea solo el capítulo de una novela, me atrapó, lo devoré y me emocioné.
grande Lara!

Lara Ferreira dijo...

pah, que lindo leer eso! :D
en cuanto a mi relación con las novelas... bueno, nunca pasé del capítulo tres cuando intenté escribir alguna...

julio e. dijo...

lara: gracias fueron unos minutos en que me aleje de todo, para contemplar la amplia partida.
un abrazo

Lara Ferreira dijo...

Otro comentario que me alegra, gracias Julio!

alucinantesdesvarios dijo...

Muy bueno prima, pude contemplar realmente la partida. :) Ernesto.