miércoles, 28 de abril de 2010

la crítica

Aplausos, aplausos...
Extática y sonriente, Andrea baja del escenario por el costado derecho. Una noche más que ha acabado, y aunque no sea la protagonista (ahora viene el grupo principal), lo fue por unas canciones.
Ahora piensa en el festejo, como todas las noches, festejar que la vida es buena y le sonríe, no ha dejado de sonreírle este año, y no parece que esté aburrida de ella.

Al otro día las cosas ya no son tan claras, por supuesto, pero con la resaca las cosas siempre se complican, sobre todo si ella y Mario terminaron otra vez juntos en la cama (y es todo lo que puede asegurar, de lo demás no se acuerda), y eso es tan complicado... Pero seguramente ya haya tiempo mejor que un domingo de mañana para resolverlo, y mientras espera que hierva el agua del café y se agarra la cabeza dolorida, Andrea sonríe una vez más pensando en el concierto.

Una noche más, la última. La última vez que tocará por este año. Andrea va un poco asustada, porque antes de salir no tuvo mejor ocurrencia que leer una crítica, no destructora pero sí bastante antipática, de su participación en el show. Piensa que seguramente no sea nada, que al fin y al cabo hay gente que vive de eso, como Mario, que aunque no haya hecho esa en particular, también vive de decir que no todo está tan bueno como parece, y hace dudar al que la noche anterior bailó como loco. No hay caso, sin embargo, las palabras del crítico todavía resuenan en su cabeza, que fue fácil, que fue superficial, que cantó lo que querían escuchar. Andrea no es música “profesional” en el sentido más amargo de la palabra, canta porque todos cantaban en su familia, hasta se podía jurar que el gato no maullaba sin una cierta armonía, ¡pues claro que canta lo que quieren escuchar! ¿Cuál sería el sentido de pararse ante un montón de gente sin querer ver aunque sea una sonrisa?
Van en el auto de Pablo, el guitarrista, que la ve mal y se da cuenta de que es por la crítica. Olvidate de esas bobadas, Andrea, ese tipo nunca estuvo arriba de un escenario, no sabe lo que se siente. Pero es que no entiendo qué es lo critica, nunca dijo que no era disfrutable lo que yo hago, quizá no sea genial pero... Pero nada, Andrea, vos no le debés genialidad a nadie, además ya sabés como terminan los genios, juntando moneditas para las discográficas y... Pablo suelta su discurso pro piratería en un segundo, Andrea ya se lo sabe pero agradece el detalle de que la sitúe como una especie de rebelde, una luchadora aunque no lo sea, aunque nunca se haya planteado romper con ningún molde.

Una noche más que se va, una hermosa noche. Se han quedado todo el espectáculo esta vez, como la primera, un pacto tácito con la banda principal. Están en la casa de alguien, no saben bien quién, todos borrachines y contentos. La noche está hermosa, muy cálida para ser abril, casi veraniega. Hay un viento que amenaza pero nadie le cree.
Andrea está relajada después de tanto trajín, para ella es una noche demasiado especial. Tirada en un sillón con los pies para arriba, no habla pero se ríe sin parar, y arroja maníes a Pablo cada vez que dice algo para pelear.

Al otro día despierta sola, y el descubrimiento la llena de una inesperada satisfacción. Un poco extrañada de ella misma, pero no incómoda, pone agua a hervir para el obligatorio café. El viento cumplió su amenaza y hoy el cielo se ve de un gris compacto, impenetrable; la tormenta está ahí por reventar, o ya reventó y se aleja, quién sabe.
El diario está allí, el vecino lo dejó en la puerta. Andrea sabe que seguramente haya una crítica del show de anoche, porque este diario aún no la había hecho, pero tiene miedo de abrir la sección de cultura y encontrarse con alguna sorpresa desagradable. Trata de ignorar el diario, pero de repente se ha apoderado de su mente, como un imán tremendamente potente, que tira de sus pensamientos. La lucha entre él y ella se va poniendo cada vez más angustiante, hasta que suena el timbre y Andrea se declara vencedora.
Es Mario. Le resulta raro verlo de día, es decir, ya despierto y en pie.
Venía a felicitarte, le dice él, hay algo raro en su sonrisa pero es demasiado vago. Gracias, te lo perdiste, ayer estuvo mejor que nunca, que lástima que esas cosas no se sepan de antemano.
Bueno, sí, era la última noche, yo estuve en realidad.
¿Ah, sí?
Andrea no entiende porqué no fue a saludarla, y otra vez se siente algo rara con él. No son pareja, ni siquiera demasiado amigos, pero Mario ejerce una influencia subterránea en su cuerpo, no siempre como un deseo, más bien como una norma, un algo que le dice qué hacer y cómo hacerlo. Siempre que está con él su postura cambia, se lo han dicho todos sus amigos, especialmente Pablo que no lo quiere demasiado, y ella lo sabe y aún así no lo domina.
Pues hoy Mario está raro y viene a decirle esto, te ví pero no quise que me vieras. Como acechando, como vigilando. En un instante minúsculo, pasa de la sorpresa a la rabia y de la rabia a algo más. Y ese algo más le recuerda que está despierta, como si se hubiera olvidado de que ya se había levantado de la cama. Mira el cielo una vez más cuando pasan por la ventana del entrepiso, está gris, no cambiará por unos días.
Lo invita a pasar. Le cuenta lo que pasó en la fiesta, le sirve café, se ríe de sus chistes, y al pasar tira el diario a la basura, ya sabe lo que dice la crítica y por una vez, no le importa.

1 comentario:

lara dijo...

Entrada número 101, yay!! :D