miércoles, 23 de junio de 2010

horas de sueño

Rodrigo ya no dormía en los aviones, a pesar de las muchas horas que pasaba sobre ellos. Había perdido la costumbre de dormir, sólo descansaba lo suficiente. Y aprovechaba los hoteles, porque la empresa pagaba.
De marzo a setiembre, esa era la época de mayor actividad, o lo era en un principio: sin percatarse, había dejado pasar dos licencias.
Volaba desde Ciudad de México un día y se dio cuenta del detalle. No le importó demasiado. Antes de caer en la cuenta, ya lo había asumido.

El apartamento estaba frío, y era insoportable el olor a humedad. Las cubiertas de los muebles debían ser idea de su madre. Le impresionó la vista de tantas sábanas blancas a su alrededor. Parecía la casa de un muerto.
Dejó el equipaje en su cuarto. Al depositar las valijas a un costado de la cama se le formó un nudo en el estómago, recordando que nadie había ido a recibirlo.
No se confesaba esa angustia. Era normal, viajaba mucho. Los demás también tenían una vida de la cual ocuparse.
Intentaba sentirse satisfecho por ello. Los ojos llorosos de su madre, la cara de perdido del padre al entrar al aeropuerto, le habían causado tanta vergüenza algunas veces… un ingeniero como él, ocultando a sus padres del ocasional compañero de viaje. Ridículo.
Había comprado pasta de camino, puso agua a hervir y preparó una salsa. No era su especialidad, pero nunca había dejado de cocinar. Se resistía a comprar comida hecha cuando podía prepararla. Se distinguía de sus compañeros por ese detalle de herencia materna.
Con la comida en marcha, miró hacia la noche por la ventana de la cocina.
Como su padre, whisky en mano cuando llegaba de trabajar.
Él no tomaba alcohol, y aunque lo hiciera, nunca tomaría ese whisky.

Rodrigo ya no conocía el jet-lag, lo había dominado. No dormía, salvo cuando aprovechaba el hotel.
Según su médico, esa era la causa de las palpitaciones que tenía de cuando en cuando. Falta de sueño. Ridículo.
Consideraba cambiar de médico a la primera oportunidad.

Volaba hacia Ciudad de México un día cuando, vencido, sí durmió, y el médico tuvo razón. Soñó con la frustración de ese descubrimiento, o al menos eso sintió al despertar.
El avión estaba vacío. Le costó unos momentos reaccionar ante el hecho, pero cuando lo hizo, se sintió extrañamente tranquilo. Tranquilo de verdad, como no lo estaba hacía años.
No recordaba a qué iba a México, y sólo sentía curiosidad por su nueva situación.
Las personas que habían subido con él no estaban. La gorda quejosa del extremo de la fila había desaparecido dejando su enorme cartera sobre el asiento. También el vejete alcohólico que se decía escritor había olvidado un maletín muy tentador a su lado.
Rodrigo estuvo a punto de abrirlo. Pero, ¿y si lo veían?
No quiso pensar qué le diría la azafata estresada que le había ladrado ofreciéndole el almuerzo al comienzo del viaje.
Almuerzo… Sintió un hambre feroz, un hambre que lo hizo encogerse.
Asomó la cabeza por encima del respaldo del asiento. Por un momento imaginó como se vería desde el otro extremo de la clase turista, una cabeza solitaria en medio del avión vacío.
Le causó gracia y soltó la carcajada. El efecto de su voz en medio de tanto silencio lo sorprendió. Soltó otra carcajada, luego gritó lo más fuerte que pudo.
Le resultaba divertido, pero el hambre volvió a atacar, y se dirigió al sector de las azafatas.
Tampoco había nadie allí, para su desilusión. Se había imaginado como el único hombre del avión, rodeado de azafatas, yendo a ninguna parte.
Algo sonó en su cabeza como advertencia, pero el hambre era más importante.
La comida del avión nunca se caracterizó por ser gustosa, y lo lamentaba por primera vez. Comió hasta hartarse, pero seguía sintiéndose vacío.
Fue feliz al encontrar chocolate. Se llenó la boca y los bolsillos de bombones.
Volvió a reír con fuerza al pensar en la cara de las azafatas cuando volvieran y vieran el desastre.
Algo volvió a insistir desde el inconsciente, y por segunda vez lo ignoró.
Volvió a su asiento, pensando en que había que proseguir el viaje. Luego cayó en la cuenta de que no había necesidad de hacerlo sentado como un niño bueno. ¡Ridículo!
Decidió revisar las cosas de sus desaparecidos compañeros. Cuando volvieran, podía pasar por otro desaparecido y alegar que también le habían revisado las cosas.
El maletín a su lado lo tentaba muchísimo. Estaba convencido de que el viejo sólo podía tener revistas porno ahí. No era un escritor ni mucho menos. ¡No lo parecía!
Decidió dejar la sorpresa para el final. Comenzó con la cartera de la gorda.
Pastillas para dormir, pastillas para despertar, para el corazón, para la diabetes, para los cálculos. Era una farmacia hecha persona.
Tenía además una libreta con apuntes del tipo “Emma no se presentó a la reunión. Creo que debe ser advertida”. La gorda tomó una forma terrorífica. Mafia de la peor, la mafia vecinal de un edificio. Pobre Emma.
La cartera parecía no tener fin y estaba llena de sorpresas. En el celular descubrió mensajes crípticos, que le sugerían cosas como trata de blancas o de tráfico de drogas más que líos de vecinos. Rodrigo estaba impresionado. ¿Quién era la gorda? “Llevalos a 18 y Ejido. Que hablen con López. Van a entender”.
La cabeza de Rodrigo estallaba de imágenes de violencia y dinero sucio.

La gorda sugería pero no aclaraba, por lo que dejó la cartera antes de tener un ataque de pánico.
Junto a ella había un chico flaco que Rodrigo no lograba recordar con detalle. Era un adolescente de manos y pies desproporcionados que viajaba con la gorda, y nada más. En su lugar había una mochila. Encontró todo tipo de artefactos extraños hechos con alambre. No entendió como funcionaban, y mucho menos cómo los había pasado.
El muchacho guardaba también un cuaderno con apuntes propios de un adolescente deprimido. La gorda aparecía muerta de varias formas espantosas. Y así la llamaba: “la gorda”. Rodrigo decidió dejar la historia familiar para otro día.

Tercer asiento, en el medio, una mujer asustada. Recordaba los ojos claros y huidizos. Era más bien bajita, más bien gordita, más bien invisible. Pero había chocado con él en el pasillo y recordaba sus ojos.
Llevaba con ella una cartera pequeñita y barata. En ella encontró sobre todo maquillaje. Sentía una cierta curiosidad por el maquillaje de una mujer, una curiosidad inconfesable. Había sucumbido más de una vez a dicha curiosidad, y en un par de ocasiones, le había costado caro.
El maquillaje de una mujer asustada era muy sobrio, como el de su madre, salvo un lápiz de labios de un rojo furioso, y que estaría destinado quizás a una noche de lujuria… Rodrigo intentó imaginársela en una noche de lujuria, pero sus ojos siempre huirían y no le interesó.
El celular de esta mujer también contenía mensajes crípticos, pero más terrenales. Estaba dejando al marido. Y… por una relación de Internet.
Le asustó la tristeza que le invadía al pensar en esas cosas. Dos personas que no se conocen y que están tan solas que sienten que sí, ese es el Otro, no hay quien los conozca más en el mundo. Y eso si es mutuo. Porque también puede pasar que una de ellas lo sienta así y la otra se esté masturbando en ese mismo instante con las fotos de la “pareja” posando junto a la abuela.
Le asustó pensar que alguna relación así había tenido. Con una muchacha chilena que estudiaba Ingeniería y le pasaba materiales en PDF.
Dejó a la mujer bajita con su futuro amante y les deseó mucha suerte.

Llegaba el momento del maletín. Ya no le provocaba tanta ansiedad. Estaba triste por las víctimas de la gorda y por la mujer bajita.
Obviamente había muchos más equipajes que podían revisarse, pero sin un rostro que adjudicarles no presentaban demasiado interés.
Estaba solo con el maletín, y era un momento solemne.

El viejo resultó ser escritor, y a su juicio, bastante bueno. Rodrigo se vio atrapado en seguida por su narrativa fluida. Hacía tiempo que no leía una novela y le resultó algo dificultoso al principio. Pero luego agarró el ritmo que tenía cuando, de chico, devoraba las novelas del inspector Maigret que le prestaba su padre.
El viejo lo llevó por Montevideo, le explicó, a través de sus historias, visiones que él mismo había tenido bajo el Viaducto cuando iba hacia el liceo, le recordó dolorosamente la relación con Victoria, su novia itinerante de la facultad.
Cuando terminó de leer, se sentía agotado. Como si hubiera corrido durante horas detrás de su vida pasada.

El avión estaba en silencio. No había nadie más que un hombre dormido en un extremo de la fila cuatro.
Dormía placenteramente, con media sonrisa en la boca, despeinado como un niño que acaba de llegar de la calle.

2 comentarios:

Lara Ferreira dijo...

un poco más largo de lo habitual... pero hagan el esfuerzo, che! :D

GonSaa dijo...

pa, me gustó pila.
Si es más largo que de costumbre, pero se me pasó volando.
Me gustó sentirme tan curioso como Rodrigo, mientras él más examinaba el equipaje más quería yo seguir leyendo.
Muy lindo final, los detalles y las descripciones, creo que es lo primero de Lara no poeta que leo y me gustó tanto como la Lara poeta.
muy bueno!!